Pendiente

He perdido mi pendiente. El pequeño bonito, el que sobresalía porque era diferente. No esos dos iguales que te hacen al nacer en mitad del lóbulo como prueba de niña; ha sido el que me hice yo.

Tengo la costumbre de llevarme la mano a la oreja, para saber que sigue ahí, bonito y pequeño, para colocarlo. Ahora que no está me la llevo igual, como quién lo hace con un miembro amputado.

Al despertar me toco la oreja, después recuerdo que no está y me llevo la mano al pecho porque el corazón quiere irse también. Va a 111 por minuto y me reclama que algo falta. Unos días antes de perder el pendiente vi que estaba abriéndose ligeramente, pero no pensé que fuera importante. Apreté un poco con los dedos para juntar la apertura y pensé, mañana lo cierro bien. Del todo.

Mañana no llegó.

He revuelto todas mis cosas para encontrar algo que poner en lugar del pendiente, para que el agujero no se cierre, porque dicen que eso es lo importante ahora. No hay nada que encaje, todo es demasiado grande o muy pequeño. Si hubiera apretado más, si hubiera prestado atención, si hubiera tocado más a menudo el arito, si me hubiera fijado antes.

Ya está.

Si salto dos baldosas seguidas encuentro el pendiente al llegar a casa, si no piso las líneas blancas del paso de cebra se me pasa el dolor en el pecho, si adelanto al señor de rojo todo vuelve a ser como antes.

Y así, pendiente de un hilo, me escabullo entre la gente con la mano apretada en el pecho para que no se me caiga el corazón también.

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